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El Alcázar de Toledo, su esencia en 3 claves

Samuel y el Alcázar de Toledo, su esencia en 3 claves

El Alcázar de Toledo es, junto con la Catedral, el edificio más importante de nuestra ciudad, y también, por qué no decirlo, uno de los más difíciles de explicar en una visita guiada.

Su historia es tan vasta que, fácilmente, se podrían pasar horas hablando de este imponente edificio, por lo que se debe hacer un gran esfuerzo para condensar cientos de años de historia en unas pocas frases que ayuden a capturar su cargada esencia. Nosotros solo vamos a contarte lo más importante, pero si el estás interesado en profundizar más en la historia del Alcázar de Toledo, la mejor obra que se ha escrito hasta el día de hoy se llama precisamente así, Historia del Alcázar de Toledo , publicada en el lejano 1889 y escrita por los historiadores y militares Francisco Martín Arrúe y Eugenio de Olavarría y Huarte.

Si en tiempos recientes no se ha escrito ninguna otra obra de envergadura es debido a que, a mi parecer, no se le ha prestado a este eterno monumento la atención que merece.

La palabra alcázar proviene del árabe al-qasr y este del latín castra – campamento – haciendo referencia a una fortaleza o un palacio fortificado. Se trata de un monumento complejo que no se corresponde con las expectativas de muchos de los que nos visitan: ni cuenta con la ornamentación recargada del Alcázar de Segovia – el de Toledo es un alcázar austero – ni existe ya el antiguo Museo del Asedio, que muchos recuerdan y que echó el cierre en 2002. Por otra parte, si a uno no le gustan las armas ni las guerras, pero si la arquitectura renacentista, le será imposible disociar el Alcázar como tal del Museo, que ocupa la mayor parte del edificio. No obstante, en el Museo del Ejército se puede disfrutar de una parte muy significativa del Alcázar como son los restos arqueológicos del edificio de acceso, el espectacular patio renacentista, la llamada escalera imperial, la fachada de Covarrubias, las vistas de la ciudad desde la parata norte… Ahora bien, hay que destacar que la casi totalidad de la colección del Museo del Ejército no guarda ninguna relación con el edificio. 

A finales de los años ochenta el ministro de Defensa cede el Alcázar de Toledo al gobierno regional para su uso cultural, argumentando que el edificio estaba infrautilizado. Fue entonces cuando se decidió el traslado de la biblioteca pública al mismo edificio. A todo esto, en 1998 el Presidente del Gobierno José María Aznar decidió el traslado del Museo del Ejército de Madrid a Toledo, aduciendo que el Salón de Reinos del Casón del Buen Retiro le venía mejor al Museo del Prado para su ampliación. Como la biblioteca ya ocupaba buena parte del Alcázar, y eso no iba a cambiar, fue necesario construir un nuevo edificio para ampliarlo, que es a día de hoy el acceso al Museo del Ejército. El problema era que donde hoy vemos un edificio antes había una colina que hubo que vaciar, y en ello se emplearon doce años, ya que aparecieron abundantes restos arqueológicos, algunos impactantes, como la base del llamado Bastión Trastámara, una enorme torre albarrana que existió aquí hasta el siglo XVI y restos considerables del muro de la alcazaba. Finalmente, el museo fue inaugurado en 2010.

¿Merece la pena visitar el Museo del Ejército?

Por supuesto que sí.

El museo podría ser mejor y más moderno, es a mi parecer laberíntico y caótico, de hecho es una buena metáfora de la historia de nuestro país, pero eso precisamente es lo que le hace tan interesante.. De hecho, en Google tiene una puntuación media de 4,6 sobre 5 con un total de más de 20.000 puntuaciones. Esto quiere decir que le gusta a casi todo el mundo que lo visita. Y si no os interesa la historia militar, deciros que merece la pena entrar aunque sea solamente para disfrutar de la fachada de Covarrubias, de las vistas y lo más impactante, el patio. Creo que existen pocos lugares en España en los que uno sienta tanto el peso de la historia como el patio del Alcázar de Toledo, sobre todo por la combinación de la arcada renacentista y la escultura de Carlos V y el Furor, copia de la original de Leone Leoni que se conserva en el Museo del Prado, en cuyo pedestal podemos leer “quedaré muerto en África o entraré vencedor en Túnez”.

Y ahora vamos a entrar un poco en la historia del edificio.

El Alcázar de Toledo, vista general

Un edificio con mucha historia

Por mucho que en esta ciudad se diga que aquí hubo un pretorio romano y después un palacio visigodo, no hay pruebas suficientes para demostrar que el Alcázar sea anterior a la época islámica. No es más que una hipótesis que algunos confunden con un hecho probado, algo, por otro lado, harto frecuente en nuestra ciudad.

En realidad, no fue hasta el siglo IX cuando se construyó el primer alcázar del que tenemos constancia, que originalmente sería de tapial, aunque con el paso del tiempo y tras sucesivas revueltas, se iría transformando en uno de piedra, como demuestra la llamada puerta Omeya, datada en el siglo X y que se puede visitar en el museo. En su origen, el alcázar que levantaron los árabes tenía una función únicamente militar, sirviendo como residencia  al gobernador y a la guarnición militar de la ciudad. En el siglo XI, los reyes taifas levantaron otros alcázares, llamados al-Mukarram – que significaría palacio reverenciadoo palacios de Galiana, que les sirvieron de fastuosa residencia hasta la caída de la ciudad en manos del rey cristiano Alfonso VI en 1085. Ya en tiempos de dominio cristiano, las dependencias de los palacios de Galiana fueron pasando paulatinamente a manos de órdenes religiosas y militares, aunque se supone que  al menos hasta 1221 los reyes cristianos se alojaron ocasionalmente en ellos, como se desprende del hecho – no definitivamente contrastado – de que allí nació el rey Alfonso X el Sabio. De manera paralela, los reyes medievales fueron mejorando el alcázar que hoy conocemos como tal, con el fin de habitarlo cuando estuviesen en Toledo. De estas reformas destacaron las que se hicieron en época de Alfonso X, de Pedro I y de los Reyes Católicos. Finalmente, los palacios que habían sido residencia de los reyes musulmanes de Toledo quedaron relegados al olvido, sepultados bajo el convento de Santa Fe, junto al paseo del Miradero.

El Alcázar seguiría presentando un aspecto medieval, irregular y desordenado, con torres de distintas alturas, hasta que en 1537 el rey Carlos I de España ordenó su remodelación, en la que participaron destacados arquitectos de la época como Alonso de Covarrubias, Enrique Egas y Juan de Herrera, entre otros. Las obras finalizaron hacia 1620, en un momento en que Toledo ya no era la residencia de la corte, pues en 1561 ésta se había trasladado a Madrid. Por tanto, la asociación de este edificio con el rey Carlos I es cuanto menos cuestionable, pues si bien es cierto que, el también llamado Emperador, temporalmente lo habitó, no fue  en este alcázar, sino el anterior, el medieval, heredado de la dinastía Trastámara. De esta manera, Felipe IV fue el último rey que ocasionalmente habitó en el Alcázar de Toledo.

A partir de ahí, la cosa fue de mal en peor. A lo largo del siglo XVII se utilizó como prisión, cuartel de caballería y residencia de reinas viudas. Después vendrán cuatro destrucciones y cuatro reconstrucciones. Sí, has leído bien: el Alcázar de Toledo ha sufrido graves daños en cuatro ocasiones a lo largo de su agitada historia.

La primera destrucción ocurrió en 1710: desencadenada la guerra de Sucesión, tropas austríacas y portuguesas se acuartelaron en el Alcázar en septiembre de 1710. Al verse obligados a abandonar la ciudad le prendieron fuego el 29 de noviembre, salvándose del incendio solamente el cuarto bajo del rey, la capilla, las cuatro torres, los muros y poco más. Durante varias décadas estuvo abandonado, hasta que en 1773 fue reconstruido por el arquitecto Ventura Rodríguez, siguiendo la iniciativa del cardenal Lorenzana, que creó un hospicio llamado Real Casa de Caridad que incluía una fábrica con la que dar trabajo a los más desfavorecidos.

Pocos años después la fortaleza volvió a incendiarse, esta vez durante la guerra de Independencia. En la tarde del día 31 de enero de 1810, tras haber salido del Alcázar las tropas francesas, se inició un incendio, que no pudo ser sofocado y que dejó el palacio reducido al mismo estado en que lo había encontrado Lorenzana el siglo anterior. Durante algunos años más, el edificio siguió funcionando como Casa de Caridad, hasta que pasó a manos del Ejército con el fin de alojar el Colegio General Militar. Dado que el edificio necesitaba una reforma generalizada, dicho colegio se situó en el cercano hospital de Santa Cruz, hasta que en 1878 se finalizaron las obras de reconstrucción del Alcázar. Lamentablemente, nueve años después un pavoroso incendio volvió a convertirlo en una ruina. Unos veinte años más tarde el edificio volvía de nuevo a estar en funcionamiento como Academia de Infantería, estado en el que se mantuvo hasta 1936, cuando sufrió la peor destrucción de toda su historia.

La historia del asedio al Alcázar de Toledo durante la Guerra Civil ha sido contada un millón de veces, hasta el punto de devenir en mito. El 18 de julio de 1936 comenzaba el levantamiento militar contra el Gobierno del Frente Popular de la Segunda República, que dio inicio a un conflicto que se alargó tres años. Pocos días después se cerraban las puertas del Alcázar con 1.800 personas en el interior: guardias civiles y militares, con sus familias, además de algunos civiles que temían por sus vidas. El Gobierno comenzó un asedio que duró 70 días, intentando todos los medios posibles para acabar con la resistencia en el Alcázar, principalmente un bombardeo continuado con artillería y aviación. Los asediados temían que si se rendían todos serían fusilados, por lo que aguantaron todo lo que les echaron mientras el edificio se desmoronaba.

Dos meses después de comenzado el asedio el Alcázar no se rendía, por lo que el Gobierno puso toda la carne en el asador. El 18 de septiembre las fuerzas asaltantes dinamitaron en el torreón suroeste del Alcázar dos minas de 2.500 kg de TNT, cada una. La explosión se pudo escuchar a 30 km de distancia. Aún así los asediados consiguieron seguir resistiendo hasta que el 27 de septiembre fueron liberados. Lo verdaderamente increíble es que solamente muriesen 93 personas durante el asedio. 

De esta manera tan lamentable, tras varios siglos de olvido, Toledo volvía a entrar en la Historia. El objetivo primordial de los sublevados es la toma de Madrid, donde reside el Gobierno de la República. Sin embargo, en una de las decisiones más controvertidas de la Guerra Civil, el general Franco decide desviarse hacia Toledo para romper el cerco sobre el Alcázar y así liberar a los asediados. No se sabe a ciencia cierta por qué Franco hizo esto, pues Toledo no era un objetivo militar prioritario. Sin embargo, la liberación del Alcázar pospuso la toma de Madrid, lo que facilitó la organización de su defensa por parte del general republicano Vicente Rojo, profesor de la Academia de Toledo, por cierto. Esto llevó a que el conflicto se alargase, de unos pocos meses a tres años. No hay que olvidar los motivos personales, pues Franco había cursado como cadete en la Academia de Toledo casi treinta años antes. Lo más probable es que subestimase la capacidad de defensa de Madrid, y creyese que Madrid caería fácilmente después de Toledo. No fue así. Durante décadas el asedio al Alcázar fue el mito franquista por excelencia. De hecho, algunos todavía así lo siguen considerando, ya sea para exaltarlo o para denostarlo.

En un principio, terminada la Guerra Civil, se pensó en mantener las ruinas del Alcázar tal y como habían quedado, pero en 1941 se cambió de idea y se ordenó su reconstrucción, que corrió a cargo del Patronato de Regiones Devastadas.

La que esperamos que sea su última reconstrucción tuvo lugar entre 1940 y 1965, convirtiéndose en museo del asedio y mausoleo de los asediados.

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